Andén número 6.
Andén número 6. Ése era el nuestro. Seis asientos ya reservados sólo para nosotras, seis amigas, con sueños, deseos, miedos, secretos y vidas tan diferentes, que compartían aquella amistad y que iban a compartir juntas aquella experiencia, aquél viaje, quizás el de sus vidas o quizás no, pero aún desconociéndolo querían vivirlo todas juntas. Grandes expectativas: emociones fuertes, riesgo y peligro, aventura era lo que buscaban.
Yo también lo buscaba, pero algo más me movía para hacer ese viaje: ahuyentar por unos momentos todas mis preocupaciones e intentar escuchar lo que me decía el corazón con sus gritos desesperados a una muchedumbre sorda y ciega volcada también en sus propias preocupaciones y problemas.
Grecia era el destino. Y después, Italia.
Grecia y sus playas de arena blanca y agua cristalina nos conquistaron. El ambiente cálido, los olores riquísimos de la gastronomía tradicional, los pescadores humildes que por allí pasaban y saludaban con una pequeña sonrisa y un gesto de mano a aquellas extranjeras, tan jóvenes y divertidas, las casitas blancas que se amontonaban unas encima de otras obligándonos a caminar en fila indiana por aquellas callejuelas…nos enamoraron.
Ya en la cama, con los ojos cerrados intentando dormir, me asaltaban de nuevo esas preocupaciones. Le daba vueltas y vueltas buscando el posible origen de cada una de ellas para, así más tarde, poder encontrar una solución. Y nada. Pensaba en mis padres, en mi hermana, en mí, en ti y en nosotros. Y nada. Pensaba en los continuos cambios de humor que tenía, ¿sería la menstruación? o ¿simplemente se trataba de una de esas fases por las que pasamos a los 18? ¿Conflictos interiores? Podía ser…me sonaba de haberlo leído en alguna revista. Pero nada de nada. Al parecer aún no habían inventado la cura para las personas que padecían de “conflictos emocionales sin motivo aparente”, como yo. ¿Seríamos la nueva generación de los llamados locos? No. “Lo que me faltaba” – pensé.
Entonces empecé a pensar en lo mal que me sentía por haber perdido lo que yo consideraba “buena comunicación” con mis padres, el pequeño sentimiento de que había desaprovechado 3 años de mi vida y la sensación de que ya no era dueña de una “Verdadera Seguridad” que siempre había demostrado sino de una “Aparente Seguridad”. Reconocí lo perfeccionista que era y lo mal que me hacia compararme con otros, la continua pregunta que me invadía la mente: “¿Valdré para esto?”, “¿Si no soy periodista que hago?”, “¿Cómo se lo digo?”…Hasta que mi corazón dijo ¡BASTA! abrí los ojos y volví a mi habitación, sola, sin las demás, abrazada a mi almohada, buscando en el calor de las sábanas de terciopelo un consuelo, una tranquilidad… Soñaba despierta y en ese andén se habrían montado otras 6 amigas, otros miedos, otros deseos y sueños, otras preocupaciones…
Así que lo escuché por primera vez cuando gritó lo más alto que pudo: “Sólo una cosa hace que un sueño sea imposible: el miedo a fracasar”.




Comentarios sobre Andén número 6.
Escribes muy bien, de verdad... y la protagonista de este escrito, no sé si verídico, cosa que es irrelevante, reaccionó bastante bien y a tiempo, porque ¿No es mejor ver la verdad de ti misma que preocuparte por cómo te ven los demás?
Un saludo también para ti.
wow !!! ya soi tu seguidor escribes muy padre te felicito !!!
wow !!! ya soi tu seguidor escribes muy padre te felicito !!!